Recuerdo más doloroso?


Uno prefiere no hablar de ello, porque muchas veces identifica dolor con presente, o sea que el recuerdo más doloroso sería el que no es tal, el que no es recuerdo en rigor sino presente absoluto.

O quizás, también se teme ser injusto con otros dolores. Cómo clasificar, como discriminar al más doloroso? Aquel, sin duda, que nos hizo entrar en un estado en el que la cordura pendía de un hilo. No una sensación, ojalá. Un absoluto convencimiento, una noción, un axioma.

Pero después uno se da cuenta de que tuvo varios de esos estados, entonces no es cuestión de rebajar a unos y ocultar a otros. Siempre es aconsejable relatar lo primero que viene a la mente. Otro día será otra historia, pero en ese momento relegamos nuestro juicio a lo inmediato del presente y la pregunta.

Es por eso que no sé si esta es la historia más dolorosa, de seguro que no. Objetivamente no lo es. Pero fue bisagra, fue la entrada hacia algo que luego terminaría en mi presente. Fue la primera pista de lo que luego pensaría, aunque yo no lo sabía en su momento..

Coincidió con la partida de mi hermana. Mejor dicho, ella lo hizo coincidir. Días antes de emprender su mudanza me dijo que no podía seguir e irse sin presentarme (introducirme suena ahora más apropiado, no sé por qué) a alguien con quien siempre que estaba pensaba en mí y viceversa.

Esa noción empezó a gestar la podredumbre en mi cerebro. No sé por qué pero siempre termino confiando erróneamente en sus juicios. Quizás, a fuerza ella de machacarme que me crió y otras falsedades más he terminado por creer en ello.

Por supuesto, el encuentro se demoró, casi como si ese fuese un componente necesario. Y cierto que lo era, porque para cuando conocí al individuo ya había asumido que sería el hombre de mi vida. Por cierto que lo fue.

Gustavo. Así se llamaba. Luego de él tuve una especial predilección por los Gustavos, como si ese nombre fuera la clave de algo que incesantemente traté de volver a encontrar sin éxito.

Gustavo entró en la casa con un paraguas y un sobretodo negro. A mí me pareció muy inglés al instante, y creo que desde ese instante lo amé. O quizás lo amaba desde antes, desde que mi cerebro había decidido que seguramente era el hombre que cambiaría mi vida para siempre.

Recuerdo perfectamente esa noche, pero me da pereza entrar en detalles. Lo que sí es importante fue que en un momento ya de conexión insoportable me dijo: No arruinemos más este momento, y me dio un beso. Como siempre, yo ya había asumido para esas alturas un amor imposible porque me parecía que ese semidios jamás iba a reparar en mí. Mi boca paladeó el cielo.

No era atractivo. Demasiado parecido a un querubín. El sexo nunca fue bueno tampoco, aunque yo lo sentía como cósmico.

Su esencia, o la imagen que me formé de ella, era el motor incesante y poderoso que generaba el magnetismo más irresistible. Lo admiraba, lo idolatraba, lo copiaba descaradamente y jugaba a encontrarme a mí misma en esas falsificaciones. Aún hoy me encuentro en varias.

Nuestra relación era lo más parecido a la perfección. Cúmulo de sobreentendidos, nunca charlas personales hasta las 3 de la mañana. Qué hacés, rayada, me decía y yo cambiaba mi piel por otra. Nunca me recuerdo tan hermosa. Nada me costaba.

Recuerdo el festejo de nuestros primeros tres meses. Como a él no le gustaba dejar botellas abiertas y con líquido, fui a su casa con dos botellitas de Chandon. Casi me daba placer verme siendo esa mujer tan interesante, que intentaba todo con tal de retener su atención. Nunca cumplimos los cuatro meses.

Allí fue cuando entró ella, a arruinarlo todo. En rigor, hacía tiempo, meses, que estaba como una presencia latente, pero me gusta culparla de todo, quizás porque necesito una explicación que cierre la historia.

Nos separábamos. Un mundo crecía entre nosotros. Un mundo al cual yo no quería acceder y pensaba en mi ego malogrado que él tampoco accedería mucho, si el precio era perder eso que teníamos. Se ve que la única que valoraba de esa manera todo era yo.

Nuestro final fue tan elegante y sutil como nuestro comienzo, como aquella irrupción inglesa en mi vida. Noches enteras de fotografía, música, magia pura se fueron en una simple conversación telefónica, casi quirúrgica por lo ascéptica. Ni siquiera pude enojarme demasiado. Por supuesto que mucho menos odiarlo. Al fin y al cabo, se desvanecía de mi vida de la manera más sofisticada, su manera natural de ser.

La falta de violencia hizo que comprendiera lo onírico de todo lo que había pasado. Nunca iba a acceder a un estilo de vida así, bastante con que hubiera podido disfrutarlo ilegalmente por 3 meses y algo.

Por supuesto que nuestros cuerpos no terminaron su relación ahí, pero esa es otra historia de dilaciones estúpidas, de ejercicios de poder que nada tienen que ver con lo que murió ese día.

Algo se quebró, una puerta se cerró aquel día. Comprendí que si no iba a tener ese mundo, no iba a aceptar opciones de segunda calidad. Si no iba a tener eso iba a tener algo que no se le pareciese en nada. Había empezado mi camino para encontrar a Mauri.

Claro que la literatura, o la narratología, por decirlo de una manera que me sienta mucho más cómoda, tiene eso. Parece que todo es pensado, racionalizado, una ilusión de teleología que no es más que una burda arquitectura de palabras. Todo recuerdo tiene un poco de eso. Por eso Proust tuvo al fin su fama tan deseada, porque recurrió a algo que podía moldear a su antojo y que siempre luciría mucho más que una crónica policial. Su pericia es, también, otro tema.

4 comments:

Clip said...

No hay finales elegantes y sutiles, según mi opinion, otra cosa es que lo parezcan.

me encanta tu trabajo
besos !!

Lamasput said...

Hey gracias!
Estoy arrancando con esto del blog... veremos qué pasa

Muchas gracias por pasar!

jaud said...

Lucia, creo que hay una errata en arguyi (no sería argüí?
En algún momento hemos pasado por eso, yo tuve una relación con una chica qeu estuvo prendada de mi, pero yo sólo quería sexo, y ahora me tocó el turno, me enamoré de una chica que andaba buscando sólo sexo intenso, pero eventual nada formal, porque no podía, asi que le mostré mi corazón, todas las ridiculeses tiernas que se le ocurren a uno en esos casos, y se fué sin ni siquiera despedirse. Supongo que aprendí la lección. Un abrazo

Lamasput said...

Wow...
Me encanta imaginarte tomándote un recreo en tu vida sólo para leerme de corrido. Te aclaro que no me hago cargo de los efectos secundarios ;)

Gracias, gracias, gracias por tus comentarios!

Y tenés razón, es argüí, ahora lo cambio. Gracias también por eso.

Y bienvenido, claro ;)

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